El desafío

Mejorar el acceso universal a una alimentación saludable y sostenible

Las graves consecuencias que producen en la salud humana tanto la propia carencia de alimentos como su falta de calidad nutricional o la presencia de residuos tóxicos, sumadas a la necesidad de proteger la salud del planeta, nos sitúan ante el desafío global de acelerar la transición hacia sistemas alimentarios de base agroecológica, diversificados, resilientes y justos.

En este marco, es apremiante dar acceso a toda la población a alimentos de calidad, en particular a los colectivos más vulnerables, como la infancia.

Existe una relación clara entre renta y alimentación, con consecuencias en la salud a medio y largo plazo. Cuando los ingresos son reducidos, las elecciones alimentarias atienden más a criterios económicos que nutricionales: productos ultra procesados altamente calóricos y con poca calidad nutricional, carnes procesadas, reducción del consumo de fruta, pescado y verdura…

Por otra parte, las personas que cuentan con pocos conocimientos y competencias alimentarias suelen gastar más en alimentación, tener un inventario culinario más reducido y una dieta más monótona, hechos que se pueden traducir en una reducción de la ingesta o en sobreconsumo de algunos productos.

Una alimentación inadecuada se asocia también a la falta de tiempo para desplazarse, comprar, preparar, cocinar y vigilar el consumo de los alimentos. A menudo, es más fácil encontrar en el entorno más cercano establecimientos que ofrecen comida basura a bajo precio que fruterías o carnicerías. Ante esta situación, la simplificación de las preparaciones y los alimentos rápidos aparecen como soluciones inmediatas. 

Y, por supuesto, la influencia de la publicidad al servicio de la agroindustria, combinada con el vacío educativo en el ámbito de la alimentación, ha contribuido a debilitar el control de las personas sobre una dieta adecuada y su conocimiento de las distintas culturas alimentarias.